Camilo José Cela Conde


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monográfico · ¿Existen los europeos?

 

¿Existen los europeos?

Camilo J. Cela Conde

 


 

La pregunta del título es ambigua. Entendida en forma genérica, su respuesta resulta trivial: claro que existen. Pero si queremos precisar lo que se entiende por “europeo”, entrando en consideraciones acerca de lo que significa la identidad compartida y cuál es su alcance, entonces aparece una de las cuestiones más espinosas que cabe plantear respecto de Europa. Ya de entrada, porque sería necesario definir lo que se entiende por identidad compartida, cómo y cuándo aparece.

En ese aspecto los españoles llevamos ganada la experiencia de que nosotros mismos discutimos desde hace tiempo, y sin perspectiva alguna de acuerdo, sobre lo que quiere decir ser español. Tiremos de la herramienta de la Historia para avanzar algo en su significado. Parece claro que España no existía aún como tal o, mejor dicho, no había españoles que considerasen que lo eran en tiempos de los Reyes Católicos. Lo que hoy es España era todavía un conjunto de reinos con fronteras entre ellos y el único vínculo del matrimonio entre sus reyes. Pero la identidad común, más o menos compartida por todos los ciudadanos de la Península, podría darse por lograda ya en el reinado de Felipe II. Era esa España como unidad la que construyó un imperio.

¿Y respecto de Europa? Suele apuntarse a Carlomagno como primer artesano en la tarea de construir la identidad europea. Las claves de esa forma de ser son conocidas: la religión cristiana —olvidemos las guerras entre católicos y protestantes— frente al Islam; la afinidad geográfica. La lengua, no; es ése un asunto en el que los españoles también tenemos experiencia sobre cómo une y cómo diferencia. Europa, sea lo que sea, no alcanzará en mucho tiempo, si es que la alcanza, la uniformidad lingüística. Con la paradoja de que el idioma utilizado como lingua franca ya no es, después del Brexit, de ningún país de la Unión Europea.

La circunstancia paradójica de las lenguas oficiales europeas pone de manifiesto que sería absurdo reducir la identidad de los ciudadanos del continente a la de ser miembros de la Unión. Pero, por otra parte, los lazos políticos son importantes. El ejemplo de Estados Unidos es meridiano: su condición multiétnica y su pluralidad de orígenes supera quizá la diversidad europea. Pero hay una firme identidad derivada de la pertenencia a un Estado que es federal, sí, pero se encuentra muy articulado. Se puede ser irlandés, polaco, hispano o keniata en los Estados Unidos siendo además, y por encima de todo, norteamericano.

Sigamos tomando América como ejemplo. Sus dos continentes ponen de manifiesto que hay que tomar en cuenta claves políticas, geográficas, históricas, lingüísticas e incluso étnicas —como lista no cerrada de condicionantes— a la hora de explicar las identidades. Ser americano de los Estados Unidos no es lo mismo que ser americano de Méjico. De hecho, sentirse mejicano está probablemente más cerca de sentirse guatemalteco, e incluso chileno o argentino, que de sentirse estadounidense y no digamos ya canadiense. Pero los matices necesarios existen cuando se trata de tomar esa identidad histórico-cultural por encima de la geográfica para acotar los sentimientos. ¿En verdad se siente mejicano un indígena del Méjico profundo que no habla castellano? ¿Se sienten canadienses los inuit?

Como vemos, la identidad aparece de manera confusa, atropellada y con no pocos altibajos. Dejemos de lado los fenómenos nacionalistas que quieren negar la pertenencia a una comunidad identificada con el Estado —Cataluña y Escocia serían, en Europa, ejemplos diversos y no reducibles a un mismo caso. Incluso siendo así, existiendo esas fuerzas centrífugas, por encima de tales voluntades disgregadoras se encuentra una paradoja compartida: la de que muchos de los que quieren separarse del Reino Unido o de España reivindican no sólo sentirse europeos sino que manifiestan incluso la voluntad de serlo en términos prácticos de integración política. No estamos hablando sólo de sentimientos; también de pasaporte.

Siendo así, la identidad europea se convierte en un sustrato de valores compartidos que, pese a que no incluyan la lengua porque en Europa hay muchas, parecen claramente culturales e históricos. Ese sustrato de identidad histórico-cultural aspira en gran medida a dar paso a una identidad política cuyo abanico es amplio. En teoría, cuando hablamos de la identidad política de Europa como conjunto de las identidades de sus ciudadanos en ese concepto cabe casi todo: desde poco más que un foro de discusión entre naciones-Estado, que apenas logran dar paso a estructuras de poder eficaces —si es que quieren hacerlo, que es probable que no—, a un mega-Estado federal que tendría en los Estados Unidos su mejor ejemplo.

Con un añadido que es imprescindible tener en cuenta: el de la manera como esa identidad europea puede verse amenazada o enriquecida —que cada lector elija lo que prefiera— por la presencia de los inmigrantes cargados de otro bagaje de valores. El problema existiría incluso si no se hubiesen producido los atentados terroristas que todos conocemos pero, qué duda cabe, éstos han llevado a que se radicalice el planteamiento y urjan las soluciones.

En Europa se han dado formas muy diferentes de acoger a los inmigrantes de otras culturas y credos religiosos. Limitémoslo a dos situaciones paradigmáticas que podríamos referir a lo sucedido en el Reino Unido y en Francia. La Gran Bretaña ha intentado integrar a los inmigrantes pero sin que éstos renunciasen a sus claves culturales propias. Se trata de la solución más liberal y tolerante. Por el contrario, Francia ha hecho de los principios de la ciudadanía, entendiendo éstos como los que se fijaron en la época de la Ilustración, un requisito al que los llegados de fuera deben someterse renunciando si hace falta a sus valores de origen. Ninguna de las dos maneras de tratar la integración de los inmigrantes ha impedido, como se sabe, los atentados. Pero da la impresión de que éstos han debilitado la fórmula británica para apuntalar la francesa.

Si es así, entonces la identidad europea tiene un condicionante preestablecido: parte de lo que fue la conquista del Nuevo Régimen, el final de la aristocracia, pero en una versión más cercana a la revolución francesa que a la independencia estadounidense. Es ése el sentido que, a mi juicio, distingue más a la Europa de hoy del modelo de los Estados Unidos en el que se quieren mirar algunos. Con una de las mayores diferencias puesta en el hecho de que la identidad norteamericana está ya alcanzada y la europea se encuentra, ¡ay!, por lograr.


cela-conde-1_optCamilo José Cela Conde

Profesor emérito de la Universidad de las Islas Baleares

Profesor visitante de la Universidad de California (Irvine)


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