Matteo Motterlini

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monográfico · La navaja escéptica

 

Una democracia en forma gracias a políticas de probada eficacia

Matteo Motterlini

 


 
Nuestros gobiernos han dilapidado bastante tiempo en ideologías y clichés con respecto a los italianos. Si dejan de suponer que saben lo que están haciendo y comienzan a comprobar la eficacia de sus supuestos, podríamos hacer uso del conocimiento de los patrones de comportamiento que subyacen a nuestras decisiones y, en general, explotar las ciencias de la conducta para nuestro beneficio.
 
En otras palabras, podríamos enmarcar e implementar políticas más eficientes, porque estarían basadas en evidencias (y no en la conveniencia de alguien). Esto es lo que está empezando a conocerse como “teoría del impulso” (nudge theory) y su su benigna puesta en práctica (del libro de Sunstein y Thaler, 750.000 copias vendidas y traducido a 32 lenguajes); la estrategia del empujón consiste en un nuevo modo de gobernar que actualmente está siendo aplicado con considerable éxito alrededor del mundo.
 
Cambios pequeños y cuidadosamente diseñados en el entorno en el que tomamos decisiones a diario pueden producir enormes efectos en nuestras decisiones. No sorprendentemente, los negocios privados que buscan maximizar sus beneficios comprenderán esto rápidamente. Las autoridades públicas, que deben maximizar el bienestar de los ciudadanos, están empezando a darse cuenta. Los empujones –de naturaleza más o menos amable– proceden ahora de todas partes, a diario, de forma más o menos visible, y tienen un impacto en las decisiones de todos. El mundo es repleto de “depredadores cognitivos” que explotan los límites de nuestra racionalidad. Y podemos estar seguros de que “l industria de la fragilidad humana” siempre está en el negocio. La industria del empujón es una fuerza invisible (como el electromagnetismo o la gravedad), que siempre ha existido y existirá, que realmente no se puede resistir, pero –en la medida en que la comprendemos– sí podemos aplicarla pragmáticamente para propósitos que merezcan más la pena en beneficio de la sociedad.
 
Las aproximaciones conductuales a la elaboración de políticas intentan crear entornos para la elección estructurados sobre la base de la complejidad de los factores cognitivos y sociales que influyen en la toma de decisiones. Se aplican a la luz de evidencias procedentes de resultados logrados por medidas implementadas. De esta forma, los responsables de políticas están propiamente motivados y bien intencionados, y no actúan movidos meramente por propósitos propagandísticos o para obtener ventajas electorales. De hecho podría adquirir efectivamente un instrumento para promover conductas virtuosas por parte de ciudadanos individuales y de las personas en sentido colectivo, incrementando la libertad de elección y simplificando las políticas reguladoras.
 
¿Cómo podemos asegurar que ciertas medidas de políticas púbicas tendrán los efectos deseados? ¿Cómo podemos saber si está funcionando el empujón? ¿Qué nos dice que la arquitectura de esta elección es eficaz?
 
He aquí un proyecto bastante bueno: la psico-economía como guía para formular ideas sobre buenas medidas de gobierno, con evidencias sobre el terreno como test. Simple y al mismo tiempo revolucionario. Este es el modo en que se hace. En primer lugar, explotando los procesos cognitivos que gobiernan las decisiones y elecciones de las personas. En segundo lugar, comprobando que las medidas que creemos son eficaces realmente tendrán el efecto deseado una vez puestas en práctica. En tercer lugar, adoptando la legislación adecuada para implementarlas.
 
Tradicionalmente, sin embargo, la planificación de la economía y otras políticas públicas ha negado dos importantes factores. Por una parte, se ha dado poco uso a los resultados obtenidos de las ciencias sociales y conductuales. Por otra, los responsables de políticas no han tenido éxito a la hora de explotar las virtudes del método experimental. Más bien, la práctica ha consistido en seguir la línea sugerida por la teoría económica neoclásica, que considera cada individuo como un calculador racional de su propio beneficio anticipado. Como resultado de emplear este modelo abstracto, que a la luz de recientes hallazgos experimentales no se ajusta bien con los resortes reales de las elecciones humanas, la elaboración de políticas ha perseguido regular la conducta de los individuos principalmente alterando los incentivos económicos y empleando prohibiciones y reglas.
 
Sin embargo, en los pasados diez años, la fértil combinación de dos aproximaciones innovadoras ha podido transformar este panorama. La revolución del empujón muestra cómo explotar los factores sociales y cognitivos que influyen en las decisiones que promueven la conducta virtuosa, guiando la libertad de escoger de los individuos sin restringirla. La política basada en evidencias introduce la experimentación para averiguar qué políticas funcionan realmente y cuáles no, sobre la base de las evidencias proporcionadas por los resultados obtenidos, eliminando de la planificación de las políticas públicas la esfera de estériles debates gobernados por los prejuicios y la ideología.
 
La arquitectura de las elecciones consiste en el modo en que las opciones se presentan dentro de un proceso de toma de decisiones. Así como la estructura de un edificio establece límites físicos sobre la posibilidad de moverlo e interactuar con él, también el modo en que es estructurado el espacio de las elecciones influye en el resultado de un decisión. Cualquier detalle puede probar ser importante, y el ámbito del condicionamiento es ubicuo y nunca neutral. En el caso de la disposición de la comida en un plato, por ejemplo, el modo cómo se presentan la vajilla y el tamaño de los platos y los vasos afecta a qué escogen comer las personas y en qué cantidades. Se ha descubierto que presentar platos saludables en una posición preferente incrementa su consumo, mientras que reducir el diámetro de las raciones reduce la cantidad de comida desperdiciada.
 
En general, nunca tomamos decisiones en un vacío sino siempre en un contexto particular. Estructurar el contexto es la tarea de todo arquitecto de las elecciones. En los procesos de elaboración de políticas, las instituciones tienen la opción de explotar los mecanismos cognitivos, que cada vez entendemos mejor gracias a la neurociencia de la toma de decisiones y la economía cognitiva (o conductual)– para guiar a las personas hacia una conducta “virtuosa” mediante empujones, para beneficio del individuo comprometido y de la sociedad.
 
Siendo esto así, es necesario definir un conjunto apropiado de habilidades para diseñar planes y arquitecturas de elección. No se debe permitir que la teoría económica abstracta e idealizada sobre la decisión racional dicte la economía política. Más bien, se trata de diseñar medidas sobre la base de cómo tomamos realmente nuestras decisiones. La conciencia sobre los límites de nuestra racionalidad es lo que nos permite controlarla, poniendo la transparencia de las medidas políticas en el centro del escenario. Este es el punto principal de un análisis epistemológico que pueda servir como trasfondo al uso correcto de la teoría del empujón, basada en dos elementos: (i) el entrenamiento de arquitectos competentes de la elección, equipados con un método y con conciencia metodológica; (ii) la recolección de evidencias referentes a la efectividad de la acción y, últimamente, su transparencia.
 
Después de todo, ¿quién estaría dispuesto a tomar una medicina cuya eficacia no ha sido rigurosamente probada? ¿Por qué deberíamos adoptar una actitud diferente con respecto a las política públicas? Estas también afectan al bienestar de millones de personas y, al igual que el caso de la investigación farmacéutica y clínica, es necesario comprobar la validez de posibles tipos de “tratamiento” en la práctica. El producto de esta investigación aplicada consistirá en políticas basadas en evidencias más que en la conveniencia de alguien. Una metodología que, si se adopta para adoptar medidas de política pública, tiene también la ventaja de reducir la brecha entre la “ciencia lúgubre” –como se llama habitualmente a la economía, al ser la disciplina que estudia la asignación de recursos escasos– y las otras ciencias “que funcionan”. También permitiría separar las etapas de la planificación, la implementación y evaluación de tales medidas del debate político que, no sólo en Italia, a menudo es ideológico, si no demagógico, y en consecuencia viciado por criterios y consideraciones que poco o nada tienen que ver con la eficacia. Heather Smith, presidente de Rock the Vote –una influyente asociación independiente de activismo político en los EE.UU cuya misión es proporcionar representación política a las nuevas generaciones– las ha llamado “prescripciones para la democracia”. La definición es apta, y no puede negarse que nuestra democracia en alguna medida necesita de prescripciones. Es verdad que la experimentación cuesta dinero. ¿Pero no costaría mucho más no gastarlo?
 
La eficacia política y el crecimiento económico están relacionados: la calidad y eficacia de las políticas públicas son la llave para la competitividad de los países y su capacidad para atraer inversiones. En Italia, es justo decir que el contexto regulador en el que operan los individuos, los negocios, los inversores y las autoridades públicas mismas no está bien adaptado para promover flexibilidad, competitividad y rapidez. Todo el mundo lamenta este hecho. Pero cuando las personas trata de cambiar la situación, lo hacen sobre la base de preconcepciones, hipótesis, o como mucho de datos parciales. ¿Por qué no se le ocurre a nadie llevar a cabo investigaciones para establecer qué resultados producirá esta medida o esta otra? Cuando se trata de perseguir el bien común, reducir el consumo de energía, pagar impuestos o prevenir el comportamiento perjudicial para los intereses personales o para las personas que lo desempeñan, tales como el sobrepeso, fumar, beber mucho o apostar, la clave del éxito de toda medida política es predecir correctamente cómo se comportarán los individuos.
 
En años recientes, un número creciente de disciplinas académicas han intentado aplicar el método experimental a la elaboración de políticas. De este modo es posible establecer qué proyectos funcionarán y reducir el grado de incertidumbre que caracteriza a todas las medidas tomadas en un mundo social complejo. La política basada en evidencias es la base de la práctica de una elaboración de políticas de probada eficacia. Como resultado, es posible que la planificación e implementación de políticas económicas, públicas y sociales dejen de estar guiadas por la intuición, los dogmas y los prejuicios, que caracterizan normalmente el debate ideológico. Esta renovación se debe tanto a la transformación de la ciencia económica, que se ha abierto mucho más a las aproximaciones experimentales, como a los éxitos logrados por las ciencias médicas. La metodología basada en ensayos controlados aleatorios es la base de la evaluación experimental en la mayoría de la investigación llevada a cabo hasta ahora en el campo de las ciencias de la conducta, entre las que cabe destacar el Behavioral Insights Team de Gran Bretaña. Desde el uso de los mensajes sociales para recaudar impuestos l intnto de crear nuevos programas de re-empleo, todo se basa en la idea de aislar a dos grupos y entonces aplicar las medida a uno pero no al otro. Los resultados obtenidos –si difieren– se imputan a la variable que ha sido manipulada, para la aplicación del empujón. Esta evaluación de la eficacia y la comprensión de los factores azarosos sobre el terreno puede llevarse a cabo en varias escalas, dependiendo de los instrumentos disponibles y de la complejidad del comportamiento que se trata de influir.
 
No hay duda de que la teoría del empujón y su metodología plantean problemas éticos. El mero hecho de que algo sea eficaz no lo hace intrínsecamente correcto en sus aplicaciones específicas. Cuando se altera algo que tiene un impacto en el bienestar de millones de ciudadanos, es necesario responsabilizarse de comunicar el propósito y sobre todo de ser transparente sobre cómo se pretende que se lleve a cabo la acción. ¿Pero es realmente ético que un gobierno se gaste el dinero público basándose en conjeturas? ¿Podemos seguir permitiéndonos seleccionar las medidas más eficaces sin basarnos en evidencias?
 
No de acuerdo con el presidente de los Estados Unidos. El 15 de septiembre del pasado año, un día glorioso para las ciencias cognitivas de todo el mundo, la Casa Blanca lanzó una orden ejecutiva con un título que constituye un programa: “Emplear las ciencias de la conducta para servir mejor al pueblo estadounidense”. Establece que existe una masa de evidencias mostrando que las ciencias conductuales hacen posible tomar medidas políticas, conseguir resultados a menor costo e incrementar la eficacia del gobierno. La orden ejecutiva anima a todos los departamentos y agencias ejecutivas a aplicarla.
 
En conclusión, las aproximaciones conductualmente informadas no sólo son una de las posibles aproximaciones a las política basadas en evidencias, sino que tienen a su favor un gran elemento de originalidad. Las arquitectura de elección inteligente, que son amigables para el ciudadano, constituyen las alternativas a los contextos dominados por normas y dictados explícitos, con la atractiva consecuencia de que finalmente se pueden llevar a cabo, en alguna medida, sin regulación como instrumento primario para guiar la conducta. Empíricamente, esta perspectiva incipiente ya ha logrado sus primeros éxitos. El propósito de la futura investigación consiste en desarrollar un marco teórico y pragmático que sea metodológicamente consciente y éticamente informado, y pueda guiar a los responsables de las políticas, de forma que aquellos que planifican entornos de elección más simples, sostenibles y beneficiosos para el individuo puedan hacerlo de forma responsable.

 


matteo-motterliniMatteo Motterlini

Full Professor of the Philosophy of Science, University of Vita-Salute San Raffaele

Currently an adviser on behavioural and social sciences to the Prime Minister’s Office

 


 

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