Nigel Warburton


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monográfico · ¿Existen los europeos?

 

La elección de ser europeo

Nigel Warburton

 



Cada uno de nosotros tiene diferentes identidades potenciales, algunas se solapan, otras son discretas, y muchas son compatibles sin contradicción. A un nivel escojo ser, con DIógenes el cínico, un ciudadano de ningún estado, sino del mundo, del cosmos: un cosmopolita. Esta es una elección, no algo dado,  no es algo que se me pueda ser arrebatado por un referéndum o cualquier otro tipo de acción política. Mi pasaporte ni siquiera dice “ciudadano del mundo”, pero como cuestión de propia identidad sigo siendo un cosmopolita, no importa cómo escoja etiquetarme ningún burócrata. Al mismo tiempo, puedo verme a mí mismo como un filósofo, un escritor, un freelance, pelirrojo, zurdo, natural de Kent, de Bexley, inglés, británico, blanco, de mediana edad, y sí, europeo, dependiendo del contexto. Estos son otros tantos aspectos de mí mismo que puedo elegir destacar. Puedo dar diferente énfasis a estos diferentes rasgos en la imagen de mí mismo, y variar los detalles del autorretrato en relación a quién se encuentre delante de mí. Puedo ser un cosmopolita en espíritu y un europeo por elección, un inglés sin más, sin lazos emocionales con Europa, o, como podría decir, un provinciano insular. En un partido de fútbol tal vez quiera enfatizar mi identidad inglesa, pero cuando discuto sobre un referéndum tal vez desee subrayar que soy europeo. Puedo elegir que el mundo que me preocupa termina en mi familia inmediata y mis amigos, o quizás en la frontera arbitraria de mi país o ciudad. Muchos lo hacen. Se dicen a sí mismos que esto no es una elección, sino un rasgo fijo de lo que son: se equivocan y son culpables de un tipo de mala fe, una negación de responsabilidad.

Hierocles, el filósofo estoico del siglo segundo, describió la condición humana en términos de círculos concéntricos: en el centro estaba un círculo representando al individuo; entonces un círculo representando a la familia inmediata, más tarde uno por la comunidad local, uno por el territorio, otro por la nación y finalmente uno por toda la humanidad. La intención de Hierocles era hacernos creer que los círculos exteriores deberían importarnos tanto como el interior, para dibujar ese círculo exterior más cerca de nosotros y hacer que caiga bajo el reino de lo que nos importa. Pese a las afirmaciones de esforzados altruistas y comprometidos universalistas, puede que haya buenas razones para dar más peso a los asuntos locales: el cuidado del yo, el cuidado de la familia, y de aquellos que están más cerca geográficamente. Estamos predispuestos psicológicamente a que nos afecten más aquellos que están genéticamente, emocionalmente y físicamente más cerca de nosotros. El efecto más humanos podemos tenerlo en los que podemos literalmente tocar. Aún así, los peligros de una visión demasiado estrecha pueden ser profundos y las decisiones que tomamos sin tener en cuenta los círculos más allá de nuestro país pueden tener efectos duraderos.

En consecuencia, escogemos nuestra propia identidad y variamos en el énfasis a lo largo del día y en el curso de una vida. No poseemos una elección completamente libre aquí, por supuesto: puedo identificarme con la humanidad, o incluso con todos los animales, o todos los seres sintientes, pero si elijo identificarme a mí mismo como un trozo de granito, simplemente estoy cometiendo un error sobre lo que soy. Estos son hechos, están dados, y son difíciles de cambiar o elegir (pese a que los políticos europeos se esfuercen en determinar lo que se considera parte de la historia). No puedo decidir ser de Cockney porque no nací bajo el sonido de las campanas de Bow. No puedo elegir ser negro, porque mi piel es blanca. No puedo elegir ser de Lancaster, o de Asia. Puedo aspirar a un status honorífico en alguna de estas clases, o podría adoptar algunos rasgos dentro de estas categorías, pero esto es diferente.

En su mayor parte sólo podemos esculpir nuestras propias identidades dentro de un rango de hechos. Podría escoger verme a mí mismo como inglés en el sentido más estrecho, y creer que me presento como inglés mientras que los demás insisten en pensar en mí como europeo. Puedo protestar por ello, pero no cambiarlo demasiado. Acaso mis compatriotas quieran verme básicamente como inglés; mientras que yo pueda querer identificarme a mí mismo como parte de la europa continental, quizás debido a la genealogía familiar (en mi caso familiares maternos emigraron desde Suiza a principios del siglo XX), o simplemente porque me identifico con valores que considero europeos, en contraste con los valores ingleses.

Dicho en breve, la identidad procede de una combinación de tres rasgos: mis propias elecciones sobre lo que deseo poner en primer término de mí mismo; las elecciones de las demás personas sobre cómo me ven; y un conjunto de hechos sobre mí mismo y sobre mi historia que no puedo cambiar (aunque puedo cambiar mi actitud hacia estos hechos). Para mí, Los “europeos” como identidad existen como elección, como proyección hecha por otros, y como hecho de origen (o posible adopción).

Lo que significa ser europeo, y si elegir tal identidad se basa verdaderamente en uno de los círculo concéntricos de Hierocles hacia el centro, es una elección colectiva, y las elecciones colectivas implican cooperación e interacción. La elección colectiva sobre el significado de lo “europeo” implica una conversación en marcha basada en hechos históricos, morales y políticos; y de algún modo en cómo ven el tema aquellos que están fuera de Europa. Esta conversación debería servir para articular lo que significa “europeo”, para hacer que rasgos medio reconocidos de los valores europeos alcancen una conciencia plena, y quizás en algún grado para inventar estos valores: dentro de la historia de Europa hay tradiciones de democracia liberal, pero también de fascismo y xenofobia. Las decisiones colectivas, conscientes o de otro tipo, pondrán en primer término diferentes aspectos de lo que significa ser europeo en el siglo XXI. Más decisiones formales colectivas también determinarán si alguno de nosotros sigue siendo europeo en un sentido burocrático. Sin embargo, cualquiera que sea el resultado de las negociaciones, nadie puede quitarnos que nos identifiquemos a nosotros mismos como europeos en espíritu, ni excluirnos completamente de la conversación sobre lo que significa.

Es famosa la afirmación de Jean-Paul Sartre de que estamos inevitablemente solos en un mundo sin valores pre-existentes. Yo preferiría vernos inevitablemente juntos en un mundo con valores que compiten entre sí. Las elecciones que hacemos sobre la identidad individual, incluyendo la europea, no son simples elecciones sobre estilos de vida. Son elecciones morales sobre nuestras relaciones con el resto de la humanidad, y en particular con aquellas personas que viven razonablemente cerca de nosotros. Son elecciones sobre nuestros grupos de ”dentro” y de “fuera” con consecuencias de gran alcance. Cómo nos vemos a nosotros mismos como individuos sociales, y cómo nos vemos en cuanto miembros de grupos, dará forma a aquello en lo que nos convertimos. Cómo se autoidentifican las naciones y las regiones puede ser la diferencia entre paz y guerra. Nuestras elecciones de identidad individual puede que estén presionadas por tomas de decisión colectivas, pero esto no significa que nuestra identidad europea pueda ser separada del todo de la acción política. Como nacional del Reino Unido probablemente pierda dentro de poco mi pasaporte de la Unión Europea y mis Derechos Humanos europeos, pérdidas reales y significativas. Pero ser europeo últimamente es un estado mental, una posibilidad que me abre la historia reciente, una opción personal, y no algo que pueda ser revocado por ningún tratado.


Nigel Warburton

Filósofo, escritor, podcaster

 


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